Ser hombre. Prólogo

ser hombre

No era fácil pedir a diez hombres que hablaran de sí mismos. Conociendo sus resistencias, sabía que era tanto como pedirles que se desnudaran dejando expuestas sus verguenzas. Yo misma me sentía como metida en el papel de una de esas mujeres de la película Full Monty que esperan sentadas la aparición de los machos sobre el escenario para poder reírse a gusto de sus michelines, flacidez, arrugas, torpezas y hasta ingenuidades. Todas sus debilidades y defectos expuestos al escrutinio público en un streaptease en el que yo me había reservado el papel de voyeur. Porque entendía que esa era mi misión al aceptar coordinar este libro: hacerme muy pesada, insistiéndoles en que escribieran desde su experiencia personal y en primera persona sobre los diferentes papeles en los que se siente puesto a prueba un hombre en nuestra sociedad.

No me extrañó que semejante tarea fuera encomendada a una mujer. Sabía por un libro anterior (Hablan Ellos Ellos”, Plaza y Janés, 1998) en el que me dediqué a entrevistar a hombres de diferente procedencia, edad y condición, que era más fácil para una mujer que para otro hombre llevarlos a ese terreno de la intimidad, que hasta ahora ha sido del dominio de las mujeres. “Sólo una mujer podría hacer un libro así. Los hombres mantenemos unas relaciones demasiado competitivas entre nosotros para poder sincerarnos con otros hombres”, me dijo más de uno. Aún así, no iba a ser tan fácil hacerles escribir sobre sí mismos. Y no pude evitar que volvieran a mi cabeza esas conversaciones en las que las mujeres hablan de los hombres con la superioridad de quienes creen que sólo las de su género han sido capaces de dar un salto cualitativo hacia adelante -eso que se ha dado en llamar la “reinvención de sí mismas”. Una proeza en la que sienten que el hombre no las ha seguido, quedándose en un estadio anterior de la evolución de la conciencia. Una tosquedad” masculina que el nuevo concepto de inteligencia emocional hoy en boga -y que por fin parece otorgar valor a las emociones como vehículos del conocimiento, es decir a la forma femenina- no hace más que avalar.

Sin compartir la idea de que el hombre es por definición un analfabeto emocional -al menos no más que la mujer-, no ignoraba, sin embargo, esa tendencia a salirse por la tangente en cuanto preguntas a un hombre por sus sentimientos, echando a correr por el terreno que mejor conocen, el de la razón; más tratándose de escritores e intelectuales que tan bien dominan el arte de la ocultación tras la argumentación y la metáfora.

Pero, )y el prólogo? )También debía ser en primera persona? Había mil razones para pensar que el libro no iba conmigo, sino con los hombres encargados de escribir sobre su papel y condición. Mis resistencias a escribir desde mi misma me hicieron comprender lo mucho que exigía y lo poco que yo estaba dispuesta a dar. Me dí cuenta de lo difícil que resulta hablar de uno mismo de verdad, más allá de esos curriculums que te piden para las portadas de los libros, más allá de la imagen que te fabricas para ponerla en el escaparate mediático en tiempos de promoción. Cada uno tiene puestas las barreras del pudor en un lugar personal e intransferible y saltárselas es tan difícil si eres mujer como si eres hombre.

Eso me hizo sentir más cerca de los autores y a valorar mucho más el esfuerzo de sinceridad y grandes dosis de emoción que ponían en sus textos. A medida que los iba recibiendo iba sintiéndome más y más como parte de su equipo, reconociéndome en tantas experiencias compartidas con amigos, hermano, amores; devolviéndome a ese tiempo de la niñez en el que tanto me gustaba jugar con los niños. Pero estar en su equipo significaba ponerme de su lado -aunque sea por una vez y sin que sirva de precedente. Lo que, sea dicho de paso, no me costaba demasiado.

Dicen que los niños aprenden muy pronto a separarse de las niñas. Yo no lo viví así. En mi infancia en un pueblo pequeño donde niños y niñas compartíamos la misma y única aula disponible, y, viviendo puerta por puerta con dos niños de mi edad que fueron mis primeros amigos y compañeros de juegos, me sentí bastante libre de escoger y casi siempre escogí jugar con los niños. O al menos, son los recuerdos más perdurables que guardo de esa época de correrías por los campos, saltando sobre las acequias, en competiciones por quien daba el salto más largo y más arriesgado, alejándonos cada vez un poco más de casa. Si tuve o me regalaron muñecas debía dejarlas enseguida de lado, porque no las recuerdo. Sí recuerdo, en cambio, como un hito en mi infancia la anhelada bicicleta que me permitía participar en excursiones a parajes antes desconocidos con mis dos amigos. Aunque tenía amigas con las que ya compartía y disfrutaba de uno de los juegos más gratificantes que se han reservado al género femenino como es el acicalamiento, pintarrajeándonos con el carmín de nuestras madres y poniéndonos tacones a escondidas, nada puede igualar ese sentimiento de expansión y libertad que aun asocio a los juegos con los niños.

Si además tenemos en cuenta de que se trataba de un comportamiento que no sólo estaba tolerado sino alentado en casa por mi madre, tal vez sea más fácil comprender esa especie de travestismo infantil. Adelantándose a una estética que yo aun no entendía ni compartía, mi madre me llevaba al barbero, me vestía con pantalones cortos y me enviaba a la primera ocasión a la calle para que no enredara en casa. Así, tuve el raro privilegio de disfrutar al lado de mis dos vecinos de ese “tiempo de alegre camaradería entre niños que crecen juntos cuando todavía son ajenos a sus diferencias”, en el que han soñado hombres como Gustavo Martín Garzo. Seguramente tenía mucho que ver el que los tres fuéramos hijos únicos. Tengo la sospecha de que los padres siempre aspiraron a tener niños -los que aseguran la transmisión del linaje, defienden el patrimonio familiar, etc.-, pero desearon tener niñas -las que te darán los besos, cuidarán de tí cuando seas viejo y, en suma, se ocuparán de tu bienestar y te harán más feliz-. Y eso es algo que debe percibirse en la infancia, llevando muy pronto a los niños a hacerse respetar como todo un hombrecito entre sus compañeros de juegos y a las niñas a ser tan encantadoras como una princesita a la que te comerías a besos. Son papeles que los padres suelen repartir entre los hermanos. No ocurre lo mismo cuando eres hijo único, sobre el que los padres, sin saberlo, probablemente proyectan un doble mandato: que seas el niño y la niña que han querido y deseado. Así que los tres amigos hacíamos bastante de niño y niña a la vez, repartiéndonos e intercambiado a menudo papeles. Igual que yo me lanzaba con ellos sobre campos y acequias, ellos me acompañaban en mis incursiones secretas a los terrenos prohibidos de mi casa como la cocina o el tocador de mi madre para participar en juegos en los que imitábamos a nuestras madres. Huelga decir que de todo aquello han quedado unos lazos de camaradería que sobreviven 40 años después con cenas al margen de nuestros conyuges al estilo de las que celebran los compañeros de colegio o de la mili.

He visto en mi familia a las mujeres de la casa suplantar y adueñarse literalmente del papel que supuestamente correspondía al hombre desde muy pronto. Mi madre hizo y deshizo en todo lo que afectaba al destino y fortuna familiar, cambiando de ciudad, vendiendo y reinvirtiendo el patrimonio, consultando muy poco a mi padre y llevándonos a todos a remolque de sus decisiones. Con la excusa de que yo era una patosa rompelotodo, a diferencia de mi único hermano que iba a nacer nueve años después que yo y al que ha considerado mucho más delicado y habilidoso, me he visto apartada de toda tarea doméstica desde pequeña mientras se encomendaba a mi padre y a mi hermano la alta y noble tarea de fregar los platos. Son diferencias que durante mucho tiempo me avergonzaron porque me hacían sentir diferente a las demás niñas, pero que con el tiempo he aprendido a valorar como una muestra de que los roles que nos han sido transmitidos no son tan inequívocos como nos empeñamos en creer. En todas las familias se cuece algún tipo de travestismo y, como descubre Eduardo Mendicutti en su profundo y sincero texto, todos llevamos alguna diferencia como seña inconfundible de nuestra identidad.

Mi experiencia familiar me ha enseñado que ni todas las mujeres han sido educadas para ser sumisas, ni todos los hombres para dominar a su mujer. Hay grados, matices, diferencias y divergencias en la interpretación de la norma por cada familia, por cada uno de nosotros.

Lo que no te exime de tener que definirte como hombre o mujer cuando te llega el momento. Del choque con la pubertad guardo la impresión de que ser hombre o mujer se impone como una fuerza misteriosa y desconocida independientemente de la educación recibida, al tiempo que la educación recibida es determinante en la forma en que asumirás e interpretarás esos papeles.

Aunque creo que me sentía mujer mucho antes de saber en qué consistía, no me resultó nada fácil asumirlo tal como se me encomendaba. El paso del pantalón corto a la falda se producía en forma de monjil uniforme cuando a los 12 años cambiaba de colegio para pasar de uno laico a uno de monjas en Barcelona capital, donde vivía desde hacía tres. Esa imagen de garzas enjauladas insatisfechas con su destino y como preparadas para levantar el vuelo en pos de otras tierras al primer descuido de la monja guardiana y carcelera que utiliza Martín Garzo en su texto es la que mejor describe mi estado de ánimo en esa época. Ser mujer, se presentaba como una especie de amputación de un ser más antiguo y original, un mandato cargado de obligaciones -de las que ser madre no era precisamente la más atractiva-, sólo compensado con la promesa de que en alguna parte espera un príncipe azul -mucho más interesante que los amigos que había conocido hasta entonces-; recompensa que ha de llegar a toda la que se somete al proceso de lavado, peinado, depuración y autoinmolación que lleva a convertirse en “la mujer perfecta”.

Pero tampoco ser hombre, que llegaba a mis amigos y hermano con ese tremendo mandato de ser “un hombre como dios manda”, “un hombre-hombre”, al que se refieren aquí autores como Marina, parecía mucho más fácil o atractivo. Creo que me dí cuenta muy pronto de que aquella libertad que yo asociaba con los niños también iba a quedar bastante mermada para ellos. Con todos los complejos, las dudas, inseguridades o las mismas dificultades para los estudios que sus hermanas, desde muy pronto tenían que presentarse como brillantes, ocurrentes, altos aunque fueran bajitos, y pagar las consumiciones de la novia, en una especie de anticipo del padre proveedor que estaban llamados a ser.

Leyendo en Vicente Verdú la humillación con la que los hombres pueden vivir la expresión de su deseo, haciéndoles sentir como “un pedigüeño”, no he podido más que recordar al amigo de la infancia alejándose con las piernas temblando del grupo de chicas que le habían dado calabazas y con las que yo estaba, sin saber si reírme con ellas o salir huyendo con mi amigo. Pero también la humillación que sentíamos nosotras, cuando esperábamos como muñecas de feria a ser seleccionadas por el chico que se acercaba a sacar a una a bailar y que siempre parecía preferir a la amiga que tenías al lado. Pedigüeños de un sí, pedigüeñas de una mirada, acaso no haya tanta diferencia.

Por esa misma época, me sumergí con el amigo seminarista en dilemas morales como “la culpa” ante las pulsiones sexuales, lo que me enseñó que también los hombres libran sus peleas con su propio cuerpo y que lo que preocupa a las mujeres tiene las más de las veces una versión masculina.

Recuerdo la mayoría de amistades de mi adolescencia con el otro sexo como una especie de ventana que se me ofrecía por la que mirar fuera de mi mundo inmediato, con interminables discusiones sobre el sentido de la vida -que, como bien nos descubren aquí tanto José Antonio Marina como Carlos Herrera, no era otro más que el ser capaz de llevar a término un proyecto personal-,  a las que los chicos parecían entregarse con una pasión que no encontraba en las chicas de mi época.

No es que por ello valore menos las amistades con otras mujeres. Siento que entre mis experiencias más ricas se encuentran las confidencias y complicidad con esas amigas íntimas que me han acompañado desde la adolescencia. Creo que las mujeres hemos pasado juntas por una escuela o aprendizaje emocional, que no tiene equivalente en las pandillas masculinas. Pero acaso porque las relaciones con los de tu propio sexo parecen más producto de las circunstancias que de la elección, las amistades con los del otro sexo han tenido siempre para mi el carácter de algo valioso y excepcional.

Hay quien dice que la amistad entre un hombre y una mujer es imposible, que siempre planea la sombra del deseo o, en ausencia del deseo, su equivalente igualmente doloroso, la sensación de rechazo, de no ser mirados por el otro como un hombre o una mujer a considerar. En contrapartida, me parece que tienen la ventaja de estar menos sujetas a la envidia que, como muy bien descubre Manuel Leguineche, planea sobre las relaciones de igualdad sobre las que se sustentan las amistades con personas del mismo sexo.

Así, he encontrado una camaradería y hasta complicidad en amigos del otro sexo que no siempre he encontrado en mujeres que hacen gala de la tan llevada y traída “solidaridad femenina”; he compartido con ellos viajes de descubrimiento, o discusiones sobre la envergadura y naturaleza del mundo cuando todavía parecían reservadas a los chicos. Lo que no quiere decir que esos papeles hayan sido los mismos para siempre. Con el tiempo he descubierto que es más fácil cambiarlos de lo que uno imagina. Con la paradoja de que entre mis amistades actuales, los papeles, en términos generales, se reparten entre mujeres con las que comparto gran parte de mis preocupaciones profesionales y discusiones políticas -creo que es resultado de que las mujeres de hoy están más volcadas hacia el exterior y el logro que antes-, y hombres con los que comparto las confidencias personales más íntimas -que creo son resultado de la tendencia inversa, una mayor preocupación por el ámbito de la intimidad entre éstos. Y cuando lean a Carlos Herrera verán hasta que punto esto es cierto.

Así, al lado de hombres, no sólo he podido conocer mucho de lo que pasa en el mundo más allá de las preocupaciones de mi sexo, sino también conocer mucho mejor el mio. Lo que no me ha impedido darme cuenta de cómo esos mismos amigos que yo tenía por solidarios y comprensivos abusaban a veces emocionalmente de sus mujeres. Amigos, hermano, padre, esposo y amantes han sido un espejo en el que he podido ver reflejado mucho de lo que tenemos de diferente y de igual, de específicamente femenino y del hombre que hay en nosotras; de lo que nos iguala, nos complementa, pero también de lo que nos separa y enfrenta.

Todo ello me ha hecho llegar a la conclusión de que los hombres conocen mejor a las mujeres de lo que pensamos, por lo que parece un misterio que, sabiendo lo importante que para la mujer es el amor, sigan sin firmar un armisticio emocional.

El hombre ha cambiado en muchos aspectos, justo es reconocerlo. Les hemos visto bajar el tono de sus bravatas, pulir sus modales, abstenerse -al menos cuando se encuentran ante un auditorio femenino- de sus chistes machistas, y -por qué no-, asumir paulatinamente relaciones de compañerismo en el trabajo, y hasta compartir un poquito de ese poder al que los acusamos de estar tan aferrados y al que, como observa con mucho humor Carlos Herrera, empiezan a aferrarse con tanta o más pasión las mujeres. (Ah!, pero no han cambiado en lo básico -se quejan las mujeres en privado-, siguen sin querer salir del centro, bajarse de su pedestal, y colocar al amor en el centro de su vida, que parece lo normal.

El hombre desconfía de las emociones, y más con las mujeres. Es una realidad. No he encontrado a un solo hombre que al tocar el tema no me haya señalado el carácter instrumental del enamoramiento femenino: “las mujeres siempre se enamoran de quien más les conviene, (qué casualidad!”, he oído más veces que amigos tengo. En cuanto a bajarse de su pedestal viene a ser como pedirles que se rompan la crisma lanzándose de bruces en una piscina sin agua.

Es imposible convencer a un hombre de que una mujer está dispuesta a enamorarse de un don nadie, es decir, alguien vulgar, de la masa. Sospecho que razones no les faltan. Si miramos los insultos que se guardan uno y otro género para el fuego cruzado, veremos que pocos igualan en cantidades de desprecio ese que encierran las palabras aparentemente inocuas de “es un pobre hombre” en boca de una mujer.

Es conocida esa tendencia a poner al hombre en un pedestal y derribarlo a la primera desilusión. Cuántos de nosotros no hemos visto a mujeres soportar lo intolerable para justificar al hombre que han elegido como príncipe azul, para pasar a ser las más intolerantes e implacables con los defectos masculinos en cuanto se caen del guindo del enamoramiento.

Habría que preguntarse si ese esfuerzo constante y automático por afirmarse como el mejor a toda costa y por todos los medios a su alcance -cuando no puedes ser el más listo, sé el más bruto- que parece tan consustancial a la masculinidad, no guarda alguna correspondencia con la resistencia que muestra a desaparecer esa figura del príncipe azul en el corazón de las mujeres. Es verdad que ninguna mujer quiere a un bruto, a alguien que la maltrate. Pero al menos, un bruto no es un don nadie.

Más y más mujeres se quejan de no encontrar hombres a su altura, pero cuando les preguntas qué es estar a su altura, casi siempre descubres que se trata de alguien que sepa más, haya leído, vivido más, esté mejor relacionado, ocupe un cargo más alto, o, en su defecto, tenga alguna genialidad capaz de justificar su inoperancia y fracaso. La literatura y el diván del psicoanálisis ilustra bien esa tendencia de las mujeres a querer a los buenos pero enamorarse de los malos. Es algo que no pasa desapercibido a los hombres. “A las mujeres sólo les gustan los hombres sensibles para poder hablar con ellos de lo mal que les va con los hombres duros, con los que se han marchado”, es una creencia que recoge José Antonio Marina.

El enamoramiento traiciona lo que somos. Y la admiración es un ingrediente tan arraigado en el enamoramiento femenino como el factor belleza en el masculino. Es cierto que la mujer emancipada, que ha alcanzado por sí misma esos lugares de poder y saber que antes esperaba fueran ocupados por su marido, no necesariamente se enamora ya de un hombre más rico, más ilustrado, más poderoso. Pero sí parece que sigue exigiendo un plus de genialidad o singularidad que le permita poner a ese hombre por encima de la media para poder reconocerlo como digno objeto de su amor. La epidemia de mujeres jóvenes, guapas, con varias carreras, masters e idiomas, que se emparejan con hombres mayores que ellas -los cuales suelen tener en común gozar de una mejor situación social, (qué casualidad!- debería darnos que pensar, sobre todo a mujeres que creen que ya lo hicieron todo luchando por la igualdad en los años 70. )Por que cuando vemos a una jovencita colgada del brazo de un vegestorio siempre nos preguntamos qué pasa con los hombres en lugar de preguntarnos qué pasa con las mujeres?, )qué haríamos de no poder recurrir a esa respuesta comodín que siempre tenemos a mano y que echa la culpa de todo al proverbial infantilismo masculino?

Acaso no le falta razón a Vicente Verdú cuando se queja de la “desconsideración” con la que hoy tratamos todo lo masculino. Así, incluso cuando contemplamos esa oferta apabullante de tetas y culos que nos siguen de la mañana a la noche, desde la publicidad en la parada del autobús al show que veremos por televisión antes de acostarnos, de ordinario lo achacamos a la “regresión machista” que nos invade, sin tener para nada en cuenta de que las protagonistas de tanto espectáculo-florero son mujeres que se prestan gustosamente al juego. )Tanta regresión masculina no tendrá algún tipo de correspondencia con alguna regresión femenina? Tantas contradicciones hacen preguntarse si los pasos hacia adelante y hacia atrás no estarán más sincronizados de lo que creemos.

La identidad femenina ha sido ignorada como un desvío de la norma o variante marginal del hombre en los libros de anatomía, en el diván de Freud; en contrapartida, ha tenido mil poetas dedicados a cantar y explorar el llamado misterio femenino. Tenemos nuestras Madame Bovary y Ana Karenina, preciosos espejos de regalo que nos han llegado de la mano del hombre para que pudiéramos mirarnos en ellos. No ha tenido igual suerte el misterio masculino, el cual, como se queja amargamente Verdú, es el gran olvidado.

Al entrar en quiebra los modelos tradicionales femenino y masculino, ni hombres ni mujeres saben ya lo que sentir, que esperar de sí mismos, nos dice José Antonio Marina. Si los sentimientos de felicidad e infelicidad nos avisan del grado de cumplimiento de nuestras expectativas, o, lo que es lo mismo, del equilibrio entre lo que sentimos como ser potencial y ser actual, la profunda desazón que hoy anida en el seno de las parejas, allí donde se realiza el sentimiento pleno de ser hombre o mujer, avisa a unos y a otros de la necesidad de cambiar roles y expectativas. La psicología se ha ocupado de las múltiples formas y variantes con la que se manifiesta la depresión femenina, con términos como la llamada “depresión del ama de casa”, de una forma que no lo ha hecho con la masculina. Sólo poco a poco empezamos un tipo de depresión que había pasado inadvertida tras otros cuadros como el consumo excesivo de alcohol e incluso la agresividad masculina. La depresión, como bien explica Marina, es resultado del sentimiento de impotencia. Así, cabe pensar que el hombre de hoy experimenta también grandes dosis de impotencia y frustración a la hora de seguir cumpliendo con los papeles que le fueron asignados, por más que las encuestas lo siga mostrando aferrado a valores tradicionalmente asociados con la virilidad, como es el desprecio de la vida emocional y la obsesión por el poder, la competición y el control. Los mismos hombres empiezan a darse cuenta de cómo la virilidad no es tanto un dato natural como creían, sino una construcción social. Y cada vez nos encontramos a más de ellos que, Como Carlos Herrera, se retiran de la competición para ensayar formas más placenteras de vivir tanto su profesión como el tiempo dedicado a sus hijos, su mujer, o los amigos para los que cocina. Son hombres que se reinventan a sí mismos reinterpretando normas y papeles, igual que ese Sánchez Dragó padre que estuviera en Japón o en los confines del desierto de Kalahari volvía a la hora en punta del biberón cuando le tocaba recoger a su hija en Biarritz, París o Roma. Con menos alarde del que han hecho las mujeres, también en ellos se percibe un intento de apertura de su proyecto vital hacia lo íntimo, lo familiar, participando en ese acercamiento de proyectos e ideales vitales dejan atrás la división entre “hombres destinados a preñar, proteger, proveer”, y mujeres destinadas a “ser preñadas, protegidas y tener sus necesidades y las de sus crías cubiertas.

Es una pena que sólo empecemos a reaccionar y a preguntarnos qué pasa por la mente y el corazón del hombre a propósito de patologías masculinas como la violencia sexual y los malos tratos. Pero la misma violencia masculina aparece cada vez más como una expresión volcánica de emociones que circulan por vetas y cavernas inexploradas, y que, por ello mismo reclama con urgencia el trabajo de espeólogos dispuestos a adentrarse en las profundidades del misterio masculino.

Es lo que hacen, a su manera, todos y cada uno de los autores reunidos en este libro.

Si al hombre le cuesta tanto exponer en público vivencias y preocupaciones que considera corresponden al ámbito privado no es porque carezca de ellas, sino por la creencia de que éstas no interesan a nadie. Hasta el más prepotente, el más exhibicionista con sus conquistas sociales o sexuales, guarda considerables dosis de humildad y pudor que le dificultan poner su yo subjetivo en primer plano, si no tiene a un filósofo griego, un doctor en leyes, o una autoridad externa a él que le avale.

Pero, a poco que levantemos la tapa, encontraremos grandes reservas de generosidad y ternura, como podemos ver en ese Fernando Sánchez Dragó padre, en quien es díficil distinguir donde termina el papel del patriarca y donde empieza el de gallina clueca, y en quien el ansia de libertad sólo se compara con la energía desplegada para mantenerse rodeado de sus hijos. Ideales y fe en el amor, como los de ese Vicente Molina Foix que aún está solo porque se preserva para un amor tan necesario “que haga de la autonomía una tortura insufrible”. Lucidez y sabiduría a la hora de abordar el momento más difícil de la vida, ese en el que ya no debes dar cuentas ante los demás sino ante tí mismo, como hace Luis Carandell al hablarnos de la vejez. Buena disposición a la hora de adecuarse al papel de amante que reclaman las nuevas mujeres, como vemos en Joaquín Leguina. Capacidad de autocrítica, como la que hace José Antonio Marina en esa profunda reflexión sobre los caminos que sigue el hombre en busca de su felicidad. Y, en general, una disposición a acortar distancias con la mujer que hace que hasta cuando se la critica con dardos tan afilados como los de Vicente Verdú, no parece sino un intento más de derribar barreras y allanar esa fortaleza en la que todo hombre siente encerrada a su princesa. Enfín… Hasta aquí sólo una de las muchas lecturas posibles, una lectura interesada, qué duda cabe, pero estoy segura que mucho menos interesante de la que cada lector podrá extraer para sí cotejando sus propias experiencias con las páginas que ahora siguen.


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