Mandala. Primeros capítulos

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CEREMONIA DEL AMANECER

Capítulo 1

Abrirse paso a grandes brazadas, ¡aparte!, son como troncos varados en la corriente, insensibles, muertos, a esta hora de la mañana, ¿me permite?, fardos pesados y dormidos, marea ciega que lame su cuerpo con el roce de brazos y pechos y espaldas extrañas, ¿sube? ¿no? pues déjeme pasar, y de manos que frotan su cuerpo con la misma insistencia con la que frotan la estatua de la diosa, manos rojas, manchadas con las ofrendas a Kali, buckshish, buckshish, one rupie, dollar, torsos sin piernas con los que tropieza, rostros deformes que le suplican desde el suelo, cojos, mancos, tuertos, dedos que le tiran de los faldones, buckshish, buckshish, one rupie, apartar la mirada, imposible no verlos, monstruos, ¡monstruos! I say, cerrar los ojos, y así, con los ojos ciegos, abrirse paso bajo la carga de una mochila vacía.

Los creía bien olvidados y ahora vuelven. Lamentos que salen de esos labios roídos por la lepra, hervor de lenguas, buckshish, one rupie, harapientos roncos y desdentados, gemidos de viejo, voces que se arrastran en el recuerdo, mantras reales irreales en el límite del ensueño, la duermevela cansada de la mañana. Arrastrada hacia atrás, ¡qué frenazo! Otro empujón, y ahora hacia delante, y otra vez atrás, a la merced de manos negras. Si no fuera tan lleno este metro. Con esa erosión constante de su persona, esos codazos que la aculan hasta el otro extremo del vagón, hasta el último rincón de si misma.

¿Es esto Avenida de América? No, Avenida de América es la próxima. Retrocede y pisa a los que tiene detrás. ¿Por qué ha sido meterse en el metro y pensar en la India? Es el desgaste. No, es esta incertidumbre. El caso es que últimamente bastaba con que su mente vagara suelta unos momentos para que los recuerdos se presentasen como madejas de enigmas que hay que desenrollar, sendas que se cruzan en todos los sentidos, sin ser capaz de dilucidar porqué no llegó a la cita que tenía con él en Goa, en lugar de seguir andando por esas calles de Bombay perseguida por una legión de mendigos.

Capítulo 2

¿Debe continuar esperándole? ¿A que se decida? ¿A que escriba? ¿O debe presentarse sin avisarle? Como un viajero más, como un año más, a la vuelta de otra estación. Pero nada de eso dijo. Subió la música: escucha esa raga, Juan, y se limitó a suspirar: la India.

‑No te entiendo, Ana. Este país está a punto de irse a la mierda y tú me sales con la India. Creía que eso había quedado saldado hace años y que sólo te interesaba tu trabajo ‑ Juan volvió los ojos sobre el periódico y frunció la boca en concentración.

Y eso que no le había hablado de Alan ni de sus cartas. Se arrepintió de haber sacado el tema. Seguramente tiene razón, se dijo, la India sólo es una forma de no pensar, de no darle vueltas a lo que traían ayer las páginas de televisión. Cambió el disco:

-Escucha ese adagio, Juan.

Juan se quitó y se puso las gafas de leer como si tratara de enfocarla. Mínimo esfuerzo por saber qué le pasaba o a qué remitían sus palabras. Pero desistió volviendo sobre el periódico:

‑¿Has visto? Lleva mi conferencia de anoche.

‑¿Y de lo mío? ¿Lleva algo?

-Me voy, ya lo leerás.

‑Podrías al menos ayudarme a retirar el desayuno ¿no?

No, no podía ayudarla, se excusó, porque tenía prisa. Cerró el periódico, lo dobló y se lo metió en la cartera.

-¿Dónde se ha ido el amor? – suspiró de nuevo.

-No seas cómica – la miró con sus ojos de azul inocencia y le plantó en los labios un beso húmedo a modo de despedida.

-Lo digo en serio – hizo un ovillo con los labios al sentir el contacto con la saliva fría.

Pero se lo decía ya a la puerta que se cerraba tras de Juan, en la mano una taza a punto de ser propulsada contra la pared. Como si hubiera encontrado la prueba que andaba buscando, ante ella tenía todo lo que durante meses había sido motivo de disgusto y malestar. De espaldas es como más se le nota, pensó al verlo alejarse. Al andar podía verse algo compacto moviéndose bajo los faldones de la americana, efecto de un lento desplazamiento del peso del cuerpo hacia esa zona de las caderas que tiende a ensancharse en las mujeres y sólo en algunos hombres, algo que si antes podía haberlo hecho especial, tan inconfundible en el contacto de la noche, tan Juan, ahora parecía contravenir todo lo que había esperado de él. Aun así, no había perdido totalmente su aire atlético, y eso sí le dolía, lo que más había amado se volvía contra ella. Se preguntó si todavía resultaría atractivo. ¿Qué tiene que ver lo que te pasa con tu marido?, devolvió la taza al lavaplatos, ¿pero por qué tanta prisa, si su primera clase es a las once?

Tenía más responsabilidades y prisa que él y aquí estaba, sola, metiendo y sacando tazas en el lavaplatos, abandonada a su suerte, aun cuando él sabía que ella no podría perder ni un minuto porque eran casi las nueve. Sintió un odio súbito hacia esa máquina, con esos compartimentos que parecen hechos a propósito para que nada encaje en su sitio, forzó el cenicero dándose cuenta demasiado tarde de que estaba lleno de colillas, pero no podía quedarse ahora a vaciar el lavaplatos, desistió con desánimo. No estaba preparada para esto, reconoció, bastaba con quedarse sin asistenta para comprobarlo. Y menos mal que no han tenido hijos, sino ¿qué habría sido de su carrera?, ¿de ese famoso proyecto de vida por el que renunciaron a tantas cosas?, siguió recogiendo las migas de la mesa, los vasos del zumo, los platos con mermelada, porque Juan con poner la mesa se cree que ya ha hecho su parte, y encima se habrá llevado el coche, y es que así es Juan, podría llegar a ministra, a presidenta del gobierno y Juan seguiría creyendo que su profesión es sólo un entretenimiento, con lo que ha luchado, y no sólo por ella, si no por algo que es mucho más que un trabajo o una profesión, claro que para llegar hasta aquí y encontrarse con lo que había de encontrarse, y a lo mejor hasta dio un portazo demasiado fuerte al lavaplatos porque oyó crujir algo en su interior. Se tapó los oídos protegiéndose del estropicio. Pero de esto había sido hacía ya un buen rato y ahora seguía aquí, plantada en el andén, pensando aún ¿por qué las vidas se separan cuando más unidas parecen?

¡Y media!, vió en el reloj al otro lado de la vía. Hora de la reunión.

Se había quedado sola y echó a andar. Delante quedaba un largo itinerario de pasillos que se cruzan y entrecruzan hasta llegar a la línea 6. Y mientras lo recorría esta mañana de septiembre, septiembre en Madrid, septiembre de 1993, día 1, miércoles, Madrid, vuelta de vacaciones y hora punta en el metro, se preguntaba otra vez cómo había podido llegar hasta aquí.

Capítulo 3

Ana, ser monstruoso que un día me amó y luego desapareció sin decirme adiós,

Cuando de verdad me di cuenta de que te habías ido, con ese dindle twindle en el ombligo avisándome del vacío, me metí en aquel vuelo a Goa, maldiciendo durante todo el trayecto porque tú no estabas a mi lado, sobre todo a medida que el avión se acercaba y sobrevolaba Goa, dando vueltas y vueltas en círculo, retrasando el momento de nuestro reencuentro, sin decidirse a aterrizar, y así durante dos horas, mientras la gente vomitaba en esas bolsas de plástico situadas en el asiento delantero para la ocasión.

Sólo para llegar a Panaji y descubrir que tú no estabas.

Ala(i)n

Tal vez no habría vuelto a pensar en la India si no fuera por esas cartas. Cartas que él le estaría ya escribiendo desde Goa mientras ella forcejeaba con la muchedumbre en un intento desesperado de alcanzar la Estación Victoria.

Ana corason,

Te echo de menos, trotadora salvaje, recorriendo violentamente los caminos a pie, extrayendo el conocimiento del mundo a patadas, agitándolo todo con grandes carcajadas.

¿Qué ha sucedido?

Nueve años a mi lado, tren a Bangalore, carreta sobre el Brahmaputra, bus a Trivandrum, y un buen día me dices que para ti ya no existe nada como Goa.

Y aquí me tienes, like a motherfucker, un gilipollas, como dirías tú, con el culo pegado a una silla en Goa, yo que nunca pensé instalarme en ninguna parte.

Get your head together y vuelve a casa. Vuelve a la India.

Alan

Casi podía verlo, escribiendo desde el Nirvana Coffe House o cualquier otro de esos chiringuitos frente al mar, sorbiendo esos cafés donde flotan grumos blancos, un capuchino al estilo de Goa, mientras fuma y fuma porros envueltos en hojas de biri, hojas de tabaco mojadas que no logra pegar con saliva, preguntándose por qué esos cigarrillos locales se resisten a pegarse cuando no parece haber ninguna razón para ello.

¿Crees que estoy loco? ¿o borracho? ¿o drogado? Tienes razón. No he estado sobrio ni un solo momento desde que te fuiste, y sin embargo nunca me he sentido tan lúcido.

No debía resultarle fácil romperlas y dar por cancelada una historia de amor sin final. Así que fue abrir la puerta del altillo y caérsele el pasado encima. Claro que a lo mejor ni esas cartas de hace quince o veinte años reencontradas hace unos meses en lo más alto de un armario habrían sido suficientes para despertar de esta manera los recuerdos si no hubiera dado con nadie que supiera qué fue de él. Quién sabe. Pero le escribió Luis. Luis, que seguramente lo sabía todo sobre él, o en todo caso sabía mucho más de lo que decía en esa otra carta que Ana había recibido días atrás:

“¿No te parece un poco tarde para acordarte de él? Harías mejor en olvidar.”

Olvidar. ¿Es eso lo que habría hecho él?

Dearest corason, horrible lady,

Incluso si me escribieras pidiéndome que te olvide no lo haría. No se te ocurra nunca pedirme semejante cosa. ¿Crees que he aguantado los insultos y toda la mierda que me has echado encima para luego olvidarte? Nadie ha destrozado mis ropas como tú, nadie ha tratado mis libros como tú, nadie puede ser tan irracional como tú, ¿crees que podría olvidar tu andar de chico patoso y tu cara con dos faros negros brillando de rabia? ¿Olvidar? ¿O sea borrarlo de la memoria, reprimirlo, empujarlo hasta el último pliegue del inconsciente? Para eso es mejor irse a dormir sin soñar y no volver a despertarse nunca.

Alan

Era de esa época ‑y el matasellos así lo confirma: 6 de febrero de 1979‑ en la que Alan podía enviarle cuatro o cinco cartas en un día:

Día de Mahashivaratri. Puja del amanecer,

Ana y Ana y Ana

Estoy enfermo. Tengo una enfermedad que se llama Anitis y que se traduce en curiosos síntomas:

Hoy, día del gran festival de Shiva, te lo creas o no, me he lanzado a las calles gritando toda la noche Sama Ava Shiva

Me he manifestado sobre una carreta de búfalos con los campesinos.

He dado todo tipo de explicaciones a Luis, quien no entiende nada de por qué te sigo esperando en un día así cuando ya se han ido todos y están tan lejos los monzones.

He corrido arriba y abajo de la playa el resto de la noche.

He bebido, he fumado y he vomitado.

Y, haga lo que haga, tu nombre vuelve, da vueltas y estalla en mi cabeza, Ana.

Día de Mahashivaratri. Puja del mediodía

Me he sentado en esta terraza de Calangute Beach para poner orden en mis ideas. Ha llegado el momento de echar a la basura lo que no sirve, y en eso te doy la razón, Ana, hay que echar algún día la mierda acumulada. Pero enseguida me encuentro esperando una carta que no llega.

¿Debo dejarme morir? ¿O coger un avión a Madrid? ¿O escapar a otra playa? ¿O simplemente esperar a que se me pase? Pero, ¿como se me va a pasar en un día así?

Dia de Mahashivaratri. Puja de la tarde

Ana, tu silencio cambia de significado cada día. Hay días en que significa: está totalmente loca. Y otro día: tiene muy mal carácter. Y otro: ha sido hecha prisionera por un grupo terrorista. Y si no, ¿qué hace hoy tan lejos de aquí?

Ana, si no me contestas pronto seguiré escribiendo tonterías, bullshit, como las que te escribo aquí, sólo por el placer de mantener abierta la conversación.

Día de Mahashivaratri. Puja de la medianoche.

Estoy aquí, en esta habitación con Luis, habitación número 12 sobre el Mandovi que tan bien conoces, en la que le ha dado por poner incienso a quemar frente al Buda de jade que le ha regalado otro viajero. Te lo puedes imaginar, el ambiente de la habitación lleno de paz, humo y concentración intensa en el punto situado en el entrecejo, y yo también finjo estar inmóvil mientras dentro de mi cabeza, y justo en ese punto en el entrecejo, grita una voz: “hello Ana, ¿te acuerdas de qué día es hoy?” Una pregunta que agita mi cabeza, esa cabeza que creía mía, pero de la que ya no puedo estar del todo seguro que sea mía, a lo mejor es culpa de todos esos gongs y mantras que resuenan bajo la ventana.

Goddamit, ¿es que no va a terminar nunca este día?

Cómo evitar que se le vinieran todos esos recuerdos encima.

Om Namah Shivaya Om Namah Shivaya Om, pies morenos sobre la piedra blanca, suelos benditos del templo, venerados con escupitajos de betel, Shiva, Shiva Shankara, recitando con fe inquebrantable, Hare Hare Shankara, derramando aceite sobre el lingan de Shiva, Hare Hare Shivaya, dando vueltas en torno a la piedra, Shiva Shiva Hamsah, el señor que purifica de los sueños nefastos, el que tiene la luna en su pelo, guíanos de lo irreal a lo real, de la oscuridad a la luz, de la muerte a la inmortalidad, Om Trayambakam, Purnamidam, con ese vaivén, al unísono, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, Om Bhagavan Shiva, Om Shiva Bhagavan, rezos que circulan por su cabeza y sus venas como un río, más que rezos lamentos, lamentos repetidos en un mantra infinito, quejidos horrorosos, gritos contra los dioses, Shiva Shiva Jaya, ventanas abiertas a la desolación, voces arrojadas a la inmensidad, contra millones de kalpas, tratando de remontarse hacia el origen, interminable día de Mahashivaratri, Om Hare Hare Shankara, y así de un amanecer a otro, hasta que se elevan en un Om, Om, Om, Shanti, Shanti, y entonces sí, al cielo.

El cuerpo vacío, inexistente, hecho aire, cuerpo que circula entre los cuerpos negros y menudos Om, Om, no existo, todo es pura ilusión, Om, Shanti, Shanti, en procesión nocturna por esas playas de Goa, todos juntos, recogidos y piadosos, él y ella transportados por los gongs y campanillas, hasta que la multitud los arranca el uno del otro como en un carnaval.

Era perderse para reencontrarse. Hasta ese día. En algún momento dió un mal paso, y ahora no logra saber cuando fue eso.

Por ello, a medida que anda y recorre los pasillos del subterráneo se dice que ha de encontrar una fórmula para poner orden en esas cartas, notas, hojas de un libro que él escribía y que llegaron sin fecha, sus propios cuadernos de otra época, como forma de poner orden en sus ideas y recuerdos, algo que le permita desentrañar el rumbo incomprensible que tomó su vida, y así lo anota en esa agenda de trabajo que a esas alturas había quedado ya inservible para las citas:

Evocar, explicar, cicatrizar el pasado. ¿O todo eso no sirve para nada y sólo estás huyendo de una crisis que no quieres reconocer? No lo sé, se dijo. Pero no deberías desentenderte así de lo que te espera en Televisión, no, no debes, no ahora, aún tienes una responsabilidad. Al menos, nominalmente. Y cerró la agenda. Tal vez deberías comprar el periódico, pensó al ver el quiosco. Pero enseguida pensó no, si tienes todos los periódicos del día esperándote sobre la mesa, total, nada vas a cambiar porque te arrojes sobre un periódico, sólo te hará sentir peor, y pasó de largo.

Si al menos le hubiera contestado a tiempo y le hubiera dicho no Alan, no es verdad lo que dices en tu carta, aunque no lo creas, yo también tenía intención de ir a Goa.

Goa, con su promesa de una vida renovada. Habían estado ahí y no habían sabido reconocerlo. Goa, al final de la calle, con sus días luminosos y apacibles. La Estación Victoria ya a la vista. Agarrada con una mano a su foulard, con la otra a esa mochila que pende como un pellejo viejo de su hombro, pateando el suelo, huyéndo de ese persistente tintineo, hasta que se da cuenta de que es ella la que hace sonar esas campanillas que lleva alrededor del tobillo y se para. Pero el tintineo sigue. Dollar, pay, you, tú pay, letanía de amenazas, pero soy vuestra amiga, sois mis amigos, buckshish, dollar, pay, canto ciego, cerrando el círculo, impidiéndole avanzar, la tantean con sus bastones de cojo, la golpean con sus escudillas, muñones que ya no suplican, exigen, dedos metiéndose como gusanos en su mochila abierta, hurgando en los fondos, manos que remontan sus muslos, le rasgan la blusa, le arrancan el chal, ese chal ya hecho jirones que defiende como si le fuera la vida en ello, manos que la palpan, los pechos, las nalgas, el pubis, la estrujan ya sin contención, en un estado de frenesí colectivo e irrefrenable. Van a violarla, pero no es eso. Había oído hablar de ello. Es la revolera. Y levanta los ojos al cielo. Casas de balconadas altas y oscilantes a punto de desmoronarse. Ya no siente nada. El pánico diluído en la inmensidad. Las corvas se aflojan, el dolor cede en forma de frío. Bastaría con concentrarse en algo familiar para no perder el sentido, y mira las casas, las mira, casas de madera podrida por la humedad, recubiertas de una pintura lacrimosa, con sus verandas recortándose en el azul. Las sombras cerrando el círculo de luz. Y ella dentro, la blusa rota, un brazalete en un tobillo, perdida la chancla que le quedaba en el otro, perdida toda voluntad de huir o seguir adelante, se deja zarandear y gira, gira, los pechos al aire, con ese cielo que da vueltas alrededor de los tejados que giran en el cielo.

El cielo calinoso y gris, última visión de ese Bombay que tantas veces habían recorrido juntos, habitado, hecho suyo. Ciudad que en adelante ya no podrá desligar de Alan y de esos últimos momentos en que se dirigía a su encuentro en Goa.

Pero también hubo un Bombay anterior a él y a casi todo lo que iba a conocer en la India con él. Un Bombay donde esta historia empezó de forma tan diferente que nada parecía llevarla a lo que iba a suceder después.

Capítulo 4

1st august 1967. London-Bombay. BEA. 20 kg. weight allowed, L 120 one way non refundable. Bombay, ciudad abierta a todas las posibilidades y caminos. Así es como se la imagina mientras se acerca por el aire sobre un mar chocolate, con la Puerta de la India al fondo, antes de sobrevolar esas grandes extensiones de chabolas que empequeñecen la inmensa ciudad. Y vuelve sobre el billete, ese billete que a su regreso guardará como una reliquia en una caja de zapatos, en busca del número de vuelo con el que terminar de rellenar el impreso de entrada a la India. Y enseguida se pregunta por qué habrá ahorrado tanto para ese viaje sin ticket de regreso en lugar de acompañar a su hermano en su visita de exploración a España.

Porque así era Ana. En cuanto hacía una cosa estaba ya preguntándose por qué no había hecho la otra. Así que lo primero que haría al pasar la aduana sería decirse pero dónde te has metido y, sin una concesión a esas piernas que empezaban a flaquear con la duda, tomar el primer taxi con aire resuelto, ¿conoce usted un albergue de juventud que se llama Y.W.C.A.? I know, está en la Puerta de la India, porque esas son las señas que había dejado en casa, para que le escribieran, o le mandaran dinero, y el taxista, adivinando bajo su aparente seguridad el asombro del recién llegado le diría, pero Miss, es demasiado pronto, ni siquiera ha amanecido, no hay nada abierto, ¿quiere que le de una vuelta por la ciudad? a lo que ella, siempre en lucha con esa indecisión que parecía dejarla a merced de las circunstancias, le contestaría sí, no, no importa, esperaré en cualquier parte. Y así fue como al ver Chowpati Beach, azulada y gris, despertando al amanecer frente a esa veranda interminable abierta al mar, pensó que ya no iba a encontrar otro lugar como ese en toda la ciudad. Fue una tontería se diría luego, pero estaba tan bonita el agua, con todos esos niños paseándose con monos en el hombro, chapoteando, jugando, y ya con ese bochorno, sobre todo después de cruzar esos suburbios interminables con chabolas de hojalata y madera, cobertizos con toldos de plástico enganchados unos a otros como para apuntalarse en la miseria mutuamente, calles donde dormitan moribundos sitiados por un revuelo de cuervos, un enjambre de seres informes escarbando en la basura, y todo eso en ese taxi, de ventanillas caídas y puertas atadas con cuerdas, tratando de hacerse invisible en el fondo del asiento a esos hombres que se acercaban como resucitados de entre los excrementos. Pero ahora, el mar se presentaba como visión de algo nuevo y a la vez familiar, con esa calma que sólo se siente al volver a los territorios conocidos de la infancia, sí, tal vez anunciándole que había llegado a casa. Asi que le dijo al taxista déjeme aquí mismo, no importa, ya preguntaré, de lo que enseguida se arrepintió. Sí, fue una tontería bajar, con el peso de esa mochila a la espalda. Mochila que en esos momentos habría dejado en cualquier esquina si no fuera porque ahí lo llevaba todo. Del sweter comprado en King’s Road al secador de pelo.

Y ahí estaba ahora, perdidas las direcciones, y todo porque la playa enseguida se había poblado de masajistas que la llamaban, faquires, ilusionistas, y esos encantadores de serpientes que esperan en cuclillas, con sus cestas llenas de alimañas, al acecho de un turista. No entendía porque la habían asustado, la confianza vuelta desasosiego, tú tranquila, ya sabías que esto sería así, haciendo esfuerzos para no prestarles atención, todos persiguiéndola y haciendo coro a su alrededor cada vez que se paraba y preguntaba:

‑Si usted pudiera indicarme por donde se va al Y.W.C.A.

-Now listen. ¿Ve aquella calle?

Miró en la dirección que señalaba el dedo nervudo y negro sin mucha convicción.

‑¿Cuál?

‑Aquella.

Sería difícil discernir de cuál se trataba. Y eso que debían decirlo en un inglés bastante inteligible. Pero ante sí sólo lograba ver un laberinto de callejuelas que se bifurcaban. Porque así es como aparece el viejo Bombay al recién llegado. Una maraña de hombres, vacas y triciclos que se cruzan y sortean peligrosamente, con nudos que se hacen y deshacen, sin terminar de chocar nunca.

‑Sí, la veo ‑ asintió dubitativa.

‑Siga por ella, y luego gire a la derecha, y después del segundo cruce, a la izquierda, y luego de frente, llegará a la Puerta de la India, allí pregunte otra vez.

Preguntes a quien preguntes, no importa las señas, es más o menos lo que te indican siempre. Pero eso aún no podía saberlo ese primer día, lanzándose calle abajo con un trote apresurado y temeroso sobre esos zapatos de tacón y punta cuadrados que le hacían tan difícil andar sin tropezar, muy compuesta en esa mini de Mary Quant, sorteando vacas huesudas y grises de panzas largas, mirando a cada momento la hora, con ese rolex que le había regalado su madre como toda brújula para orientarse entre todos esos leprosos exhibiendo sus llagas, tullidos arremangados hasta la ingle con sus miembros seccionados al aire, llamándola desde todas partes con ese tintineo constante de los cuencos de latón con una moneda dentro, como esperándola a cada paso para un nuevo sobresalto, sacamuelas gritando sus servicios, aguadores, y esos tenderetes en los que te encuentras de todo, desde el indio con el estetoscopio colgado al cuello que pasa consulta en medio de la calzada a un montón de fruta podrida, reloj aún con la hora de Londres, sin darse cuenta de que aquí regían otras horas y calendario. Reconociendo ya de una forma clara y precisa que ni siquiera tenía un motivo para meterse en ese mundo extraño, algo que justificara por qué aquí y no España, sólo sentía una súbita prisa por escapar y llegar a ese albergue donde la estarían esperando sus amigos, Andrew, Harry y Dori, donde estuviera alguien que le dijera cómo se sale de aquí.

Sólo que encontrara un taxi.

La mañana avanzaba y el calor era mareante, con ese olor a canela, incienso y estiércol cada vez más fuerte. La siguiente y preguntas. Ese cartel, pero si ya has pasado por aquí. Ya había pasado por ahí, y se enfadaría sin más razón con el cartel. Calles de Bombay todo se presenta en un popurrí de divinidades y refrescos. Indira, el Mahatma, Nehru, trilogía de dioses entre los dioses pintarrajeados de rojo y anuncios de Campa Cola. Personajes de otra historia que nunca tuvo intención de vivir. Todos igual de mal pegados y rotos sobre esos muros tan rotos como los mismos carteles. Sí, preguntar de nuevo. Preguntar para orientarse. Orientarse para desorientarse, así es como se recuerda. Deambulando como hipnotizada, con miedo a abrir los ojos y descubrir que estaba en Bombay, descubrir que había empezado a vislumbrar algo de la ciudad, resistiéndose tal vez a entrar, a una fascinación que le hará tan difícil salir, con la excusa de buscar un albergue. Porque seguía buscándolo, está segura, ¿o no?, sólo se decía que lo buscaba, aun cuando ya no tenía ninguna intención de ir. Los dedos aferrados a un trozo de papel en el bolsillo, un ovillo arrugado e ilegible a fuerza de sacarlo y estirarlo para mostrarlo a los transeúntes y preguntarles ¿conoce usted esta dirección?

Capítulo 5

Bombay. Cuando nada anticipaba su vida aquí, en esta ciudad de Madrid que ahora recorre bajo tierra, ciudad subterránea de la que parece no haber salido en años. Se preguntó qué hora sería. Miró el reloj, menos veinte ¿no irán a empezar sin mí? Y mientras, Juan ya estará sentado y bien sentado en el sillón de su cátedra, con dos horas por delante, eso si ha ido a la Universidad. La desazón dejó paso a la ira. ¿Y por qué no había de ir a la Universidad? Bueno, pues al menos podía haberte dejado el coche, la idea volvió con un halo de rencor. Claro que también ella podía haber cogido un taxi, dio dos pasos atrás, pero cómo va a coger un taxi si a esa hora pasan todos llenos, reanudó decidida la marcha. Debe metérselo en la cabeza al director de producción, quitarle el coche de la empresa no es rentable ni para la misma empresa, su caso es prioritario, ¿no depende de ella el minutado, la primera edición, la puesta en marcha, la marcha entera de los Informativos de la casa, de lo único verdaderamente importante que se hace en Televisión? Se sintió cargada de fuerza y razones. Se ha quejado mil veces y no lo entiende: son las órdenes, contesta. De hecho, es la falta de órdenes. Le han dicho: tú a recortar y él ha recortado. Pero bastaría con que le dijeran este coche no se toca para que su coche con su chófer siguiera recogiéndola puntualmente en casa. Aunque, bien pensado, sí podía haber cogido un taxi, bastaría con que hubiera esperado, en lugar de ver la boca del subterráneo a cincuenta metros y arrojarse en ella, como hacía años atrás, sí, tal vez había sido ver el metro y activarse en ella ese reflejo que en alguna parte debía quedarle de una época pasada, cuando militaba, pegaba panfletos, disciplinada, y cogía el metro hasta para ir a una fiesta. Pero ya no está en esa situación, no, y Lola se lo dijo bien claro el otro día, ni que tardes dos horas más, ni se te ocurra coger el metro, si te quitan el coche pásales los recibos del taxi, ¿no querrás que te pierdan el respeto?, el metro no corresponde a tu rango, a tu responsabilidad, y tal vez por eso le deprime ahora tanto el metro y le provoca todos esos recuerdos y pensamientos destructivos, súbitamente descendida al común de los mortales, y de nuevo estuvo por buscar la primera salida a la vista. Si hasta Juan, siempre el más puritano, con una obsesión por el ahorro rayana en la tacañería, se ha pasado al BMW con compact, estéreo y móvil incorporados, ¿por qué ibas a coger tú el metro? Y encima, tampoco es tan rápido. Mira que si encima me he confundido de línea. Se siente en desorden, las piernas corren, los brazos se agitan, hacen, deshacen, y ella se mira hacer, perpleja. Respiró tranquila al ver las flechas a su lado y comprobar lo bien entrenados que estaban sus pies, lo bien sincronizados que estaban sus movimientos por la fuerza de la costumbre. Y eso que apenas había cogido un par de veces el metro despues de muchos años. Pero basta con que encares la salida del fondo, la que lleva a la línea 6, enseguida se dijo, para que tus pasos se dirijan por su cuenta a Televisión. Así de fácil.

Y ahora, mientras andaba, podía volver a pensar en él.


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