Indian Express. Primer capítulo

indian express

PARTE I – DE KERALA AL CIELO

I.1

«De Kerala al cielo», la veo escribir postal tras postal de forma casi compulsiva.

—¿Te gusta? —dice levantando la cabeza y leyéndomela de nuevo:

»Estamos viajando por una de las zonas más bellas del planeta, Kerala, con sus lagos interiores y canales desembocando en el Índico atronador.

Parece tan niña, infantil casi, en su entusiasmo, que de pronto me olvido de que la mujer que tengo enfrente tiene ya todo el pelo blanco y se parece más a alguien de sexo indefinido que a aquella adolescente de larga melena castaña y cara de manzanita que un día fue.

—Pues claro, mucho.

Estamos sentadas en uno de esos tenderetes donde sirven té al borde de la carretera que corre entre el lago Vembanad y el mar. La miro complacida mientras trata de hacerse entender por los locales para preguntar dónde se encuentra la oficina de correos más cercana. Tiene prisa, dice, prisa para hacer llegar las últimas noticias de su viaje y que todos sepan en casa algo de su aventura india.

—¿Te das cuenta? Van a cumplirse cuarenta años desde que nos conocemos —me había dicho en Barcelona.

Y casi a la par dijimos entonces: «vamos a celebrarlo a la India.»

En cuanto aterrizamos en Bombay, nuestro aeropuerto de entrada, lo primero que hizo Che fue enviar un SMS a todos los de la compañía de teatro y amigos diciendo «por fin estoy en la India, haciendo el viaje que no hice a los veinte». Algo que todavía parece llenarla de asombro dos semanas después.

—No puedo creerlo, estoy en la India, India, India —repite a todo aquél con el que se topa—. La, la, la. —Llega cantando de la Post Office.

El chófer y los niños se ríen, todos nos reímos.

La, la, la. Sueño cumplido. Ella llama a la alegría y la alegría me llama a mí. Vuelve a mí, vuelve de un lugar antiguo, remoto, pero no totalmente extinguido. No sólo la amistad, también la alegría, ese juguete roto de juventud, puede repararse.

—¡De nuevo libres, libres…! —grita por la ventanilla del coche a los cuatro vientos.

—¡Como Thelma y Louise! —proclama a motoristas y carromatos que pasan rozándonos.

La aparición de un insecto misterioso y traslúcido sobre el parabrisas, el regocijo de pájaros en un árbol cercano, la visión deslumbrante e inesperada de un lago, todo hace gritar a Che: «¡Para, Gandhi, para!» Sale disparada del coche a hacer una foto, y, al volver, da un beso o un pellizco a nuestro chófer, haciéndole partícipe de su descubrimiento con un «beauuuutiful place, thank you very, very much, Mahatma, gracias por traernos a este lugar, eres el chófer más guapo del mundo».

Gandaji, que ya se ha cansado de repetirle que él no se llama como el Mahatma Gandhi, sino Gandaji, sonríe. Y, así retomamos la marcha, contentos con el último descubrimiento.

Todo lo que en otro momento podría haber tomado por comedia de la actriz que no puede vivir sin llamar la atención o hacer reír a su público, me parece ahora la expresión de sus sentimientos más genuinos y sinceros. Después de tantos años, seguimos teniendo algo que nos une, le pese a quien le pese, algo misterioso que secretamente une a los seres más dispares. Es una afinidad que me llena de orgullo, por ella, por mí, por las dos, por esa voluntad compartida de volver a defender algo nuestro frente a los demás como lo defendimos en otro tiempo. Sí, de nuevo puedo decir que me siento orgullosa de ser su amiga. He podido comprobar con mis dos ex maridos lo difícil que puede resultar la India para alguien que no se haya enamorado de ella cuando eras joven. Por eso, en un impulso, la beso agradecida.

—Gracias.

Gracias, por tu entusiasmo, por tu participación, por hacer tan fácil y alegre nuestro viaje a través de Kerala, hablando con todos, fotografiándolo todo, podría añadir si el pudor no me lo impidiera. A medida que avanzamos hacia el sur en ese Ambassador blanco que nos ha recogido en Cochin, las risas de Che, su actitud dicharachera, sus exclamaciones de sorpresa, me confirman que no podía haber encontrado mejor compañero de viaje. Ha llegado cuarenta años después que yo, pero no por ello parece dispuesta a quedarse atrás en el deleite y celebración de esa India que se abre ante nosotras. Cada «oh» y «ah» de admiración, cada «mira esto» o «mira lo otro» de Che parecen tan en sintonía con lo que siento, que ni yo misma encuentro palabras para expresar de modo mejor la sensación de maravilla que nos espera tras cada curva. Las mujeres recogiendo arroz, los hombres caminando hacia el sol con sus fardos a cuestas, los templetes embadurnados de rojo, los santones salmodiando sus plegarias en la tarde, las jóvenes dirigiéndose al templo con sus ofrendas y collares de dalias, no hay escena sin algún tipo de belleza, una belleza misteriosa que los seres desprenden con la misma naturalidad con la que una flor desprende su olor o un riachuelo su rumor de agua.

Al vernos por el espejo retrovisor, reclinadas en el asiento trasero del coche, se me ocurre que ha llegado el momento de descansar la una en la otra, la soledad de la una en la soledad de la otra, esa soledad tan penosamente arrastrada por las calles de las ciudades en las que ahora vivimos.

En todo momento hemos estado de acuerdo en la suerte que hemos tenido con nuestro Gandaji, uno de esos hombres del sur tan oscuros a los que llaman de piel azul. Educado, elegante, solícito, ingenuo, simpático, con su Ambassador siempre inmaculado, siempre a punto. Por pronto que nos propongamos salir, él nos espera con el depósito de gasolina lleno y la puerta abierta, como si fuéramos las señoras del lord inglés para el que hubiera trabajado toda la vida.

Su agilidad y ligereza al volante, su suavidad de anguila para escabullirse y sortear camiones, rickshaws y peatones sin inmutarse, transmite una tranquilidad pasmosa ante el peligro inminente y constante de colisión. Y Che no pierde ocasión de felicitarle, pasando de las exclamaciones «¡cuidado Gandhi, cuidado que nos la pegamos!», a un «¡bien, Mahatma, bien!» cada vez que esquiva con éxito un autobús.

A un lado de la carretera el agua brilla como si estuviera cubierta de escamas. Las aves, aves zancudas, aves paticortas, aves de todos los colores, chapoteando y aleteando, agitando las ramas y matorrales de raíces acuáticas, como si se sacudieran de la lluvia, dejando sobre el espejo del lago una nevada de plumón, hojas y pétalos diminutos.

—¿Qué miras? —Me sobresalta.

A medida que crecen y se disuelven al otro lado del parabrisas, los paisajes parecen ofrecerse y retraerse como si llevaran algo que no acabo de ver, de sentir tal vez, pero que sé que está ahí, a punto de reaparecer en cualquier momento. Che sigue con sus ojos clavados en mí como si no quisiera perderse nada, ya no sólo de la India, sino tampoco de una India que yo hubiera conocido antes que ella y que guardara para mí.

—Que bajes ya de tu nube. —Se ríe.

Quiere conocer mi India, entiendo, con una voracidad que no he conocido antes en nadie. Quiere conocer mi India como antes quiso conocerlo todo de mí.

Todo vuelve a ser diáfano y luminoso, como el primer día.

.

Cumplía yo veinte años y daba una fiesta en mi casa. Recuerdo sus ojos siguiéndome por toda la sala —ese gran comedor en el que habíamos apartado la mesa y los muebles para poder bailar—, aferrados a mí como si ya no hubiera nada más digno de su atención. Y si yo misma habría podido participar en alguna de esas bromas que se dedicaban a todo novato que llegaba al grupo, desde aquel momento supe que por primera vez iba a enfrentarme por alguien con mis amigos. Todavía siento su búsqueda, su interés activo en mi persona; hay una especie de dolor infantil en sus ojos brillantes, como si esperara de mí un consuelo, algún tipo de ayuda no dicha.

—Ésta es Merche —me dijo al fin Susy cuando me encontré cerca de ella.

—Ah —dije sin más preguntas, dando por supuesto que tenía alguna relación previa con ella.

En aquella época, o alguien tenía razones suficientes para traerte a una celebración de la panda —vas a la misma escuela, vives en la misma escalera, eres su prima del pueblo—, o difícilmente entrabas en una casa de la burguesía barcelonesa como no fuera por la puerta de servicio.

—Mucho gusto —me dijo ella.

Esa forma de traducir el molt de gust, con ese fuerte acento catalán, no formaba parte de los que habían hecho del castellano el idioma social de la burguesía. ¿O eso lo supe después? Porque no creo que me hiciera yo de forma consciente tales planteamientos. No hasta que alguien lo señaló:

—Ésta es de pueblo.

Sí observé en aquellos momentos su nariz de ganchito, a modo del ganchito de un garbanzo, o también de pico de pollito, plantada en medio de una cara redonda y sonrosada como una manzana.

¿Qué más observé en aquellos momentos? Todavía trato de hacer memoria al verla esconder de forma automática su sandalia con alza bajo el asiento del coche. ¿Me di cuenta en seguida o estaba demasiado ocupada bailando y riéndome con mis amigos como para fijarme en esa ligera cojera que se ha pasado toda la vida tratando de disimular de mil maneras?

Al final de la noche ya no podía separarme de ella.

—¿Te ayudo?

Se habían ido todos. El comedor parecía un campo de batalla, con sillas caídas, discos fuera de sus fundas, botellas vacías, algún vaso roto… Mis padres se habían ido a la casa en la playa de Sagaró a pasar el fin de semana. Creo que habían elegido irse tras la obligada comida de cumpleaños oficial con cualquier excusa para que pudiéramos celebrar nuestro guateque sin sentirnos vigilados. «Ya son mayores», recuerdo que dijo mi madre venciendo las reticencias de mi padre. Creo que era su forma de demostrar que también podía ser una madre moderna para esa hija que había vuelto de Londres con la mini más escandalosa que por esos días debía circular por la zona alta de Barcelona: «El día menos pensado se casa y te hace abuelo.»

Me sorprendió que Merche se ofreciera para algo que no tenía previsto.

—Para esto ya está la chacha —dije.

—Es un momento —insistió.

Sabía que era una excusa para no irse, aun así no la disuadí cuando empezó a recoger por su cuenta discos y botellas tiradas por el suelo.

Pronto me encontré a su lado pinchando de nuevo los discos que ella recogía.

«Lucy in the Sky with Diamonds…»

Había vuelto de Londres —adonde mis padres me habían enviado al terminar Preu para perfeccionar mi inglés— con un cargamento de discos, de los Beatles a los Rollings, Petula Clark, los Kinks, los Shadows…, de forma que no sería exagerado decir que el mejor pop inglés de la ciudad se encontraba por esos días en mi casa.

Antes de que pudiéramos darnos cuenta estábamos bailando, ella con su pierna renqueante y yo marcando el paso.

«C’mon twist again…»

Creo que esa primera noche nos la pasamos sin dormir, primero riéndonos de todo y de todos y, pronto, contándonos todo lo que probablemente no habíamos contado antes a nadie. Así, esa noche viví con ella mi primera borrachera, compartí mis primeros secretos y encontré a mi primera confidente.

Todavía ahora, a pesar de los años transcurridos, de las diferencias, siento que me resultaría casi imposible guardar un secreto para ella. ¿Y ella?, ¿tampoco guarda ya secretos para mí?

Che esquiva mi mirada poniéndose la cámara ante los ojos:

—No te muevas… Genial.

Ve en mi cara de asombro algo que la hace reír. Recuperando la confianza o tal vez tomando la delantera —como si supiera que le estoy pidiendo algo, algo más de lo que ha estado dispuesta a decirme antes, y quisiera ser ella la que toma la iniciativa—, me suelta a bocajarro:

—¿Te he hablado alguna vez de mi hermano Miquel, el Miquelet, como le llamamos en casa? —Duda si continuar.

Me mira con dureza, como si quisiera cerciorarse de dónde va a depositar su confidencia, cómo será recibida.

—¿El Miquelet? —Me sorprendo.

—…Pues fue él quien con ayuda de una herradura de caballo me hizo mi primera alza para el zapato.

Por primera vez me entero de que tiene más hermanos de los que conozco o de los que he oído hablar, ese tal Miquel que nunca ha salido de su pueblo y lleva todavía una vida de campesino y otro que, siguiendo los pasos del padre, es hoy guardia civil.

—¿Guardia civil?

Sabe muy bien que no me refiero a su hermano, sino a su padre. ¿Cómo no me ha contado en cuarenta años a qué se dedicaba su padre? Me la quedo mirando desconcertada.

—Sí, ¿qué pasa? —Parece de nuevo a punto de retraerse.

—Nada—me río—. Sólo que no imaginaba que alguien con un apellido tan catalán entrara en la Guardia Civil hace cuarenta años. Ya sabes que la mayoría venían a Cataluña de fuera.

Miro a la catalanita de pro, la Merche Pagès que conocí en mi fiesta, y todavía me cuesta encajar la noticia.

—Sí, claro, las fuerzas ocupantes del franquismo, los represores. —Parece picada. Veo cuánto le afecta y desearía que no me lo hubiera contado. Pero ya me lo ha dicho y ella misma considera que ya no puede hacer otra cosa más que continuar:

—En realidad, Pagès es el apellido de mi madre. Me gustaba más.

Hasta ahora sabía que había nacido en un pueblo cerca de Vic y también que había llegado a Barcelona dos años antes de conocernos, pero hablaba con tanto orgullo de la comarca que la vio nacer y crecer, que siempre había dado por supuesto que su padre era otro campesino. Ahora me entero de que la riqueza de la familia no pasaba de un huerto modesto y que sus padres en realidad eran un híbrido de pubilla catalana y andaluz destinado al cuartel del pueblo.

Y, como si ello mismo la obligara a justificar cómo llegó a mi fiesta, añade:

—Susy era la niña pija y yo la peluquera de al lado de su casa, la peluquera coja. Me llevaba a fiestas y todos me hacían el vacío, me dejaban de lado, como si no me considerasen parte de ellos. Hasta que llegué a la tuya y te conocí a ti.

Hija de guardia civil, peluquera. Tampoco esto lo sabía. Mucho menos que dejara su profesión a los pocos días de conocernos.

—La dejé por ti —añade destacando los esfuerzos que hizo para conquistar mi amistad, ponerse a mi altura.

—¿Y cómo no me lo habías contado antes? —balbuceo confundida.

Estaba a punto de terminar mi primer curso de filología y era junio de 1968, ese momento en el que los estudiantes franceses habían tomado las calles para la reivindicación y la fiesta, y por limitadas que fueran todavía las libertades de expresión en España, la dictadura declinante carecía ya del poder para impedir que nos identificáramos con lo que sucedía en París. Más en Barcelona, donde la burguesía había gozado de una especie de pacto no escrito con el régimen franquista por el cual se comprometía a guardar las formas fuera de casa —hablando castellano y nunca de política— a cambio de preservar una especie de reducto espiritual e intelectual aparte, en su círculo más íntimo. Un círculo que, dado el carácter mayoritariamente familiar de las empresas, se había hecho tan endogámico que, a esas alturas del tardofranquismo, era ya de lo más difícil distinguir dónde terminaba la vida familiar y dónde empezaba la social. Lo que seguramente había hecho de la burguesía catalana la más cerrada de España. En esto no le faltaba razón a Merche cuando nos criticaba: la burguesía que se creía la más moderna de España era también la que se preservaba con más cerrojos y códigos herméticos del acceso de extraños. No era raro que se pasara los días preguntándome por la peluquería a la que iba mi madre, las chachas que teníamos en casa, dónde comprábamos el tortel de los domingos, cuántos trabajaban en la fábrica de mi padre, en qué palco teníamos el abono en el Liceo, y todos esos rituales propios de la burguesía de la época. Lo que la debió de llevar a la conclusión de que, o se presentaba con otro pasado y credenciales, o difícilmente iba a ser aceptada por mí y mi ambiente. ¿Era eso? Sigo esperando una respuesta.

—Nunca preguntaste.

No sé si sentirme dolida o culpable. ¿Qué esperaba, que me dijera que no quería presentarse ante una Santmenat como una charnega? Aparto la mirada avergonzada.

No la había visto antes en los colegios de la Bonanova que acogían a los hijos de las familias burguesas ni en fiestas donde se había formado nuestro grupo de niños pijos; tampoco en ninguno de los lugares que empezábamos a frecuentar las chicas que habíamos ingresado ya en la universidad y explorábamos nuevos ambientes, como la Cova del Drac en la calle Tuset —Tuset Street, como la llamábamos, nuestra Carnaby Street, donde se concentraba toda la moda del momento— o el recién inaugurado Boccaccio, el nuevo templo de la llamada gauche divine barcelonesa; sitios donde podíamos conocer a chicos mayores, más interesantes que los «críos» de nuestros guateques. Pero nunca se me ocurrió preguntarle a Susy de dónde sacó a Merche, digo a Che. Tal vez porque desde el primer momento los comentarios de Susy bastaron para disuadirme de ello:

—Parece de fiar, pero con alguien así nunca se sabe.

¿Se refería a que era coja?, ¿o de otra clase social? No quería saberlo. Yo ya estaba en otra onda.

—Hija de guardia civil —se ríe como si todo aquello hubiera quedado ya muy atrás, algo sobre lo que está ya muy por encima—, imagino cuánta paranoia y desconfianza habría suscitado entre tus amiguitos, esos niñatos aprendices de rojo, que se ponían a temblar cada vez que la guardia civil os hacía abrir el capó.

Tampoco de eso se ha olvidado, de nuestras escapadas a Perpiñán para ver Potemkin y el último erótico japonés, cine ruso y cine porno, de donde volvíamos cargados de libros y revistas prohibidos —desde Playboy hasta El Capital— confiados en que la recuperación de la sexualidad nos haría tan libres como la práctica ortodoxa del marxismo.

¿Cómo podía imaginar el peso que todavía tenía para Merche y otros viejos amigos como Susy —cada una por razones diferentes— las diferencias de clase en esos momentos en los que las discotecas y la universidad derribaban barreras?

El acceso a la universidad era un soplo de libertad tras haber estudiado antes en los colegios de monjas más estrictos de la capital, lo que contribuiría a que encontrara de lo más natural la disponibilidad total que parecía tener Merche a cualquier hora del día en que la llamara para acercarse a la cafetería, ir al cine, o pasarnos la noche charlando hasta las tantas.

Como si supiera que, para que vuelva a confiar en ella, necesita amortiguar el impacto de la noticia, se apresura a repetirme su historia, la que ya me ha contado muchas veces —cómo le gustaba cantar de niña, cómo sufría cada vez que le impedían actuar en las funciones del colegio, cómo le impactó el descubrimiento de la modernidad barcelonesa, a ella que se había criado entre música de sardanas y pasodobles de fiesta mayor y que ni siquiera podía bailar, ¿quién iba a sacar a una coja a bailar en un pueblo?, «no sabes lo crueles que pueden llegar a ser»; cómo llegó al fin a convertirse en actriz— pero a la que durante años ha evitado tan cuidadosamente volver a referirse que no puedo evitar sentirme de nuevo conmovida por ella.

Todavía siento una extraña vergüenza, como si mi posición en la época me situara en el lado de los ofensores cada vez que alguien le hacía una broma pesada o se quedaba sentada una tarde entera en una fiesta sin que nadie la sacara a bailar.

Quedar con ella en lo más alto de la montaña del Tibidabo y no presentarse nadie, o a las cinco de la mañana para ir de excursión y dejarla plantada en la Estación de Francia, no era la primera o el primer novato con el que lo hacíamos. El objetivo por esa época era divertirse, cuando yo misma participaba de una cierta idea gamberra de la vida. Pero ya no me parecía tan divertido cuando, arrepentida de nuestra proyectada trastada, era la única que acudía a la cita y me la encontraba sola y desorientada preguntando por un tren que ni siquiera existía.

Tras la alegría y agradecimiento con el que me recibía podía ver un padecimiento para mí extraño, nuevo, del que me hacía cargo, haciéndome sentir por primera vez más vinculada a alguien de lo que lo volvería a estar en la vida.

Desde el primer día supe que no tenía nada que ver con la niña deseada, esa a la que todas aman e imitan en clase, la plus belle pour aller danser por la que competíamos tantas, sino que era alguien que ha vivido una vida aparte, escorada hacia un lado, objeto de un desdén o crueldad ligera.

—Es por mi cojera —decía entonces, como si estuviera ya muy familiarizada con el rechazo.

Sus complejos, su bolsito de plástico, sus zapatos de Segarra —la zapatería que sacó a los niños pobres de la alpargata—, me enfrentaban por primera vez a alguien diferente; diferente a esas amigas con las que quedaba para llenar las tardes del domingo en la horchatería o el cine de barrio, que no sabían hablar más que del chico nuevo que acaba de llegar a clase o de la falda y los zapatos que te has comprado.

Merche no sólo estaba ofreciéndose para ser mi amiga, sino reclamando una correspondencia. Acostumbrada como hija única a concentrar toda la atención, sentir que alguien me necesitaba era algo totalmente nuevo. Por primera vez, la amistad empezó a tener un valor para mí.

—Pero qué cojera ni qué ocho cuartos. Si apenas se te nota. Yo misma ni me habría dado cuenta de no habérmelo dicho tú.

La realidad es que sí se le notaba. Pero todo esto fue antes de que lograra convertirse en actriz y aprendiera las mil artimañas del actor para disimularla sobre el escenario. Por ello, una vez encontradas las alzas adecuadas, y, sobre todo, los recursos escénicos para que todos los ojos se concentren siempre donde ella quiere que se concentren, sea en lo estrambótico de su atuendo o en una vis cómica que explota a la perfección con chistes y caras que hacen morir de risa al público, yo había creído que los complejos habían quedado ya definitivamente atrás. Ahora descubro que mi amiga guarda más de una vieja herida.

.

—Ya estamos en la autovía del sur —nos informa Gandaji cuando la carretera sale del último meandro en el que parece haberse metido siguiendo los postreros canales del Vembanad y reaparece el mar.

A la izquierda, las laderas de los Ghats Occidentales, esa barrera de cumbres que se levanta como un cuchillo mirando al cielo. A la derecha, el Índico. Ya no avanzamos bajo la sombra de las montañas. El sol se ha desplazado lo suficiente desde el otro lado de la cordillera para devolver las sombras al lugar de donde procedían, el este.

La carretera deslumbrante se presenta ahora ante nosotros recta como un tiro. Gandaji la enfila como una bala, en realidad, como una pesada bala de cañón, que a eso se parece ese coche recio como un tanque que los indios heredaron de los ingleses. Al verlo avanzar entre motoretas y todoterrenos de importación, más que llevarnos a un lugar concreto, se diría que él mismo participa de esta euforia de huir, huir no importa adónde, que tiene todo viaje.

Che todavía se ríe de cómo fue nuestra salida.

—Parece el remake de la huida de Egipto que protagonizamos en nuestro primer intento de viajar juntas a la India.

Como les sucede a la mayoría de mujeres de mi edad con una madre anciana, ésta se apresura a ocupar de inmediato el lugar que deja vacío el último marido; y, si al principio, ocuparme de ella me sirvió para evadirme de mí misma cuando más necesitaba no hundirme en la idea de fracaso, ahora ya no hay forma de escapar de ella. Hasta el punto de que seguramente bastaría cualquier mención a unos días de vacaciones en el extranjero para que se cayera y se rompiera la cadera o sufriera un percance que la llevase a urgencias, obligándome a dejarlo todo en Madrid y personarme de inmediato en Barcelona, como ha sucedido ya más de una vez. Así que no me ha quedado más remedio que escaparme de España con el mismo sigilo con el que hace cuarenta años lo hice. Entonces mis padres se enteraron de que dejaba la universidad con una postal desde Londres, ahora ni siquiera tengo previsto enviar una postal a mi madre en todo el viaje.

—¿Te acuerdas? —pregunta Che.

¿Cómo no voy a acordarme? Las semanas siguientes a mi guateque no hablamos de otra cosa. Merche no paraba de pedirme más y nuevos detalles sobre mi anterior experiencia en Londres, quería que le contara con cuántos había ligado, si me había acostado ya con alguno… Ella también quería ir a Londres, concluyó tras escucharme.

—¿A estudiar? —pregunté.

—No, a Londres.

No le di importancia a una precisión que sólo tiempo después empezaría a tener un significado para mí. Creía que Merche despreciaba estudiar porque, como yo, consideraba que ya había estudiado bastante y merecía un break. Además, bastaba que le preguntaras a qué quería dedicarse para que te saliera con una evasiva o te contestara algo así como «todavía no lo sé». Nunca se me habría ocurrido que mi amiga no hubiera llegado ni a cuarto de bachillerato. Y, tal vez por ello, ni se me ocurrió preguntar y sólo dije:

—Yo también voy a dejar la carrera.

Y añadí como si fuera algo implícito en la decisión:

—Para viajar.

Creía que cuando Merche decía Londres, simplemente Londres, quería decir Vivir, simplemente Vivir, vivir la vida, ese leitmotiv de los hippies que había conocido a mi paso por la capital británica un año antes.

—¡Ah! El ambiente de Londres te va a encantar. No te pierdas Piccadilly los sábados por la noche, ni Trafalgar Square; ahí es donde va todo el mundo, ahí es donde conocerás a viajeros de todas partes.

Le expliqué que después de haberme hecho amiga de un par de hippies, esos jóvenes que recorrían medio mundo con dos perras en el bolsillo, también yo planeaba volver a Londres para irme a la India, a recorrer mundo.

—Es un secreto —le dije en tono de confidencia—. Pienso escaparme de casa, ya sabes que hasta los veintiuno no puedes ir a ninguna parte sin consentimiento paterno.

—¿¡Ah, sí!? —dijo en tono de gran admiración.

—Sí. En Londres hay mil oportunidades, desde engancharte a un grupo que va en el Magic Bus hasta esos vuelos para estudiantes que te ponen en Delhi o Bombay por doce mil pesetas.

—Esto es lo que me gustaría a mí, viajar…

Parecía interesarle todo lo que había hecho o hacía yo.

—…por esto quiero ir también a London —añadió.

El énfasis con el que había pronunciado la palabra, ese London que todavía no conocía pero del que ya pronunciaba su nombre como si hubiera extraído de él toda la savia, parecía hacer referencia a una experiencia intangible y misteriosa reservada a los elegidos de la que mi nueva amiga se había propuesto participar.

—Pues vente a la India conmigo —se me ocurrió sugerir.

Mi propuesta no pudo entusiasmarla más, de forma que en septiembre ya teníamos uno de esos billetes del SEU, la oficina de viajes para estudiantes, para Londres. Allí compraríamos el pasaje para Bombay en una de esas agencias de la Shaftesbury Avenue donde adquirían sus billetes los hippies que iban a la India. ¿Qué pasó para que, llegadas tan lejos, se volviera finalmente atrás en nuestros planes? Las olas al pie de la carretera, los cocoteros caídos, parecen el anuncio del paraíso que nos espera unos cuantos kilómetros más al sur, ese lugar donde podremos bañarnos y tomar el sol. Dar por culminado con éxito el viaje y descansar, al fin, de esa carga que significa toda misión o proyecto largamente pospuesto.

Tener por padre a un guardia civil da una nueva dimensión al desafío del que fue capaz al escaparse con una amiga a Londres, no digamos ya planear semejante viaje a la India. Y, acaso, también al grado de compromiso que parecía haberse establecido entre las dos.

Ni yo misma era capaz de darme cuenta hasta qué punto aquel «vente conmigo» se convertiría en una especie de pacto no escrito, de juramento de fidelidad, incondicionalidad.

Los dos meses que siguieron a nuestro guateque, esos meses de verano previos a nuestro viaje a Londres, se pegó a mí como si tuviera que asegurarse de que nada de lo que hacía o dijera pusiera en peligro nuestro proyecto, de que nadie más entrara en nuestro secreto. Nuestro secreto era nuestro territorio.

Como un pájaro que hubiera decidido convertirme en su dueña, parecía haberse posado sobre mi hombro para ir conmigo a todas partes, alejándose brevemente sólo para revolotear a mi alrededor. Tenía algo de esos halcones que, según había leído en algún cuento, llevaban los príncipes con ellos, siempre vigilantes, describiendo círculos sobre su cabeza. Si de pequeña había soñado con ser la niña del pájaro, la única que podía entender su idioma, ahora me complacía en ser la amiga de alguien especial, la única que también parecía entender su idioma. O eso creía, que nos habíamos entendido desde el primer momento en el que nos miramos, o mejor dicho, que ella me había entendido a mí, porque lo cierto es que a mí todavía me cuesta entenderla.

Frente a esas familias numerosas del tardofranquismo a las que pertenecían la mayoría de mis amigas, me había sentido siempre como una huérfana de hermanos. Creo que nada había ansiado más en mi infancia que hacerme un hermano o hermana de sangre, nombrar a alguien tu par, el elegido con el que decides firmar un vínculo para toda la vida, ese elegido que nunca llegué a encontrar, acaso porque casi siempre eran los demás los que me elegían a mí, por más que andaba con una Gillette escondida en el plumier para cuando se presentara la ocasión. Con Merche no hicimos tal cosa, hacernos un corte para unir nuestras sangres, como había soñado de niña, probablemente por vergüenza, por lo infantil que algo así podía parecer a los veinte años, pero ese secreto, la huida proyectada, sería como nuestro pacto de sangre.

A partir de ese «vente conmigo» se me hizo saber que todo lo que hiciera o dejara de hacer le afectaría a ella, se convertiría en algo a favor o en contra, sería interpretado como un acto de fidelidad o deserción, lealtad o traición. Bastaba que me viera rodeada de chicos en la facultad o hablando con Susy más allá de cuatro frases, para que su tono alegre y complaciente cambiara y me girara la cara como si ya no quisiera volver a saber nada más de mí. Como si necesitara una incondicionalidad para sentirse segura, algo que no necesitaba yo y que en algún momento había fallado en darle.

Con su actitud entre huraña y arrogante, sus «trapos cutres e irrisorios», como llamaba Susy a cada cosa que Merche se ponía, les resultaba chocante. No es que fuera culpa de Merche ser así, me decía, pero tampoco entendía por qué tenía que cargar siempre con ella. «¿Qué tiene de malo?» «A mí me parece que no te conviene.» «No veo por qué.» «Bueno, ya te darás cuenta tú solita.»

Ya no quería salir con nadie que no aceptara que Mer- che era mi mejor amiga, una presencia obligada e innegociable. Pero tampoco esto le parecía suficiente.

Lo que nos llevó a evitar más y más los lugares frecuentados por mis amigos, buscar lugares de encuentro siempre un poco más lejos de la universidad o nuestro barrio, como si en ningún lugar donde nos encontráramos pudiera haber ya sitio para otra persona. Así de fuerte era ya nuestra relación al llegar a Londres dos meses después.

Al verla a mi lado, haciendo al fin el viaje pendiente a la India, pienso que ha llegado la ocasión, si no de recuperar nuestra amistad en ese punto donde la dejamos al llegar a Londres, sí al menos de reparar al completo los puentes rotos, retrotraernos a ese momento germinal de juventud en el que todavía era todo posible, el mundo se abría como un abanico de caminos abiertos y la amistad como una fuerza imbatible.

Y si es verdad que ya no estamos tan locas como para creernos capaces de dejarlo todo, al menos volveremos a casa renovadas.

¿No dicen que los verdaderos amigos son aquellos que se hacen antes de los treinta años y que, después, todas las relaciones de amor o amistad son algo circunstancial? Eso parece más cierto que nunca en estos momentos en los que todo se presenta a la vez como un reencuentro con algo antiguo y fundamental y algo totalmente nuevo, empezando por este mismo país que creía conocer tan bien antes de volver para recorrerlo con ella.

La India se despliega ante nosotras como una interminable alfombra flotante de hojas de un verde brillante, las hojas de té, siempre la misma, siempre cambiante.

—Acelera Mahatma, aprieta ese pedal a fondo —exclama Che al ver el cartel que anuncia ya «Kovalam, 10 kilómetros ».

Hemos planificado cuidadosamente nuestro tour por Kerala para que el día de nuestra llegada a ese pueblo de playa coincida con nuestro aniversario, ese cuarenta aniversario del día que nos conocimos que, para más inri, coincide con mi sesenta cumpleaños. No hemos dejado de hablar en todo el viaje de cómo brindaremos, la una con cerveza, la otra con vino de palma; de Kovalam con sus playas, Kovalam con sus cocoteros; Kovalam adornado con dalias y rojos hibiscos, que en todo se presenta como lugar idílico para la celebración de algo así como unas bodas de oro.


3 comments

  1. Kunómanos - 11 julio, 2014 3:36 pm

    Me gusta, Pepa, me gusta mucho y me manganas de salir volando: “La India se despliega ante nosotras como una interminable alfombra flotante de hojas de un verde brillante, las hojas de té, siempre la misma, siempre cambiante.”

    Responder
    • Kunómanos - 11 julio, 2014 3:38 pm

      Me gusta, Pepa, me gusta mucho y me dan ganas de salir volando: “La India se despliega ante nosotras como una interminable alfombra flotante de hojas de un verde brillante, las hojas de té, siempre la misma, siempre cambiante.” Si puedes, borra el post anterior (maldito corrector)…

      Responder
  2. Pepa Roma - 11 julio, 2014 6:58 pm

    Muchas gracias Kunómanos, no sabes cómo anima a seguir escribiendo el feed back de los lectores. Me alegra que te guste y si lo lees entero espero que te metas de lleno en el periplo de mis dos protagonistas y de una atmósfera india que se va cargando con sensaciones. Un abrazo.

    Responder

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“Indian Express” en la Ronda Andaluza del Libro

Indian Express

Pepa Roma gana el Premio Azorín de novela con “Indian Express”

“Indian express”, entre los más vendidos en Colombia

India. Junio 1988

Presentación de “Indian Express” en Cartagena de Indias

Presentación de “Indian Express” en Bogotá

Premio Azorin de Novela

Recepción en el Palacio Real a escritores y personajes de la cultura

En el dia del Llibre a Barcelona

Pepa Roma Premio Azorín de novelacon ‘Indian Express’

La periodista Pepa Roma Premio Azorín con su novela ‘Indian Express’

La periodista Pepa Roma gana el Premio Azorín con una novela sobre un viaje a la India

“En la tierra prometida”, crítica en el Cultural de ABC de “Indian Express”

En busca del tiempo perdido

Crítica de “Indian Express” por Inmaculada de la Fuente en Babelia

Crítica de “Indian Express” en Peregrinos y sus letras

Entrevista Cuadernos del Sur

“Muchas amistades encubren una rivalidad”. Entrevista tv El Mundo

Conocer al autor: “INDIAN EXPRESS”

Pepa Roma en Las noches blancas de Fernando Sánchez Dragó en Telemadrid. Indian Express

Entrevista a Pepa Roma en el programa Forum de EITB sobre Indian Express

Indian Express. Premio Azorín de Novela 2011

En el II Master de Periodismo de viajes de la Universidad Autónoma de Barcelona

En el I Master de Periodismo de viajes de la Universidad Autónoma de Barcelona

Entrevista en UDEC, radio de la Universidad de Cartagena.

Entrevista a Pepa Roma en Saba Mabara: la India como inspiración literaria y patria de juventud