En recuerdo de Nensol Mandela: El día en que Sudáfrica explotó de alegría

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El Periódico de Catalunya, 7 de diciembre de 2013.
La mayor explosión de alegría que recordará Sudáfrica durante siglos, y que nunca olvidaremos los que vivimos ese momento, fue a la salida de Nelson Mandela de la prisión de Victor Verster en Ciudad del Cabo, el 11 febrero de 1990.

Desde la tarde del día antes, cuando el presidente De Klerk anunció su liberación, habían ido llegando a la Plaza del Ayuntamiento gentes de todo el país en autobuses, camiones, automóviles, la mayoría destartalados, sin puertas ni ventanas, por los que asomaban brazos en alto, otros simplemente a pie. Pero todos cantando, todos a paso de danza. Un país entero se había puesto en pie de baile.

La multitud que se había agolpado para recibir al líder más carismático que ha tenido Sudáfrica y probablemente también el mundo, hacía casi imposible el avance del coche de Mandela, alargando la espera y el frenesí. Buscando un lugar donde sentarme, encontré un hueco en una de las puertas traseras del Ayuntamiento. No imaginaba que ésta y no la puerta de la fachada principal dónde le esperaban todos era por la que iba a entrar Mandela hasta que le ví llegar de frente.

Debía ser tal el horror en mi cara al ver la avalancha de gente que le seguía, amenazando con aplastarme contra la puerta a punto de cerrarse, que el mismo que la había abierto para Nelson Mandela me tiró del brazo desde el interior para hacerme pasar con su comitiva. En lo alto del segundo piso donde se encontraba el famoso balcón desde el que Nelson Mandela hablaría por primera vez a Sudáfrica y al mundo tras su liberación, me encontré entre invitados ilustres como Jesse Jackson, el primer negro que competía por la candidatura demócrata a la presidencia de los Estados Unidos.

Un hombre justo

A este lado del micro, podía sentir su respiración, el timbre de emoción en cada una de sus palabras, su presencia benefactora, una bondad que parecía derramarse sobre la multitud hecha una con su líder. “La lucha debe continuar. El apartheid no ha terminado con mi liberación”.

Tres dias despues, tendría la suerte de ser la primera occidental en entrevistar a Nelson Mandela. Gracias a una segunda mano amiga, uno de los jóvenes dirigentes del CNA, era introducida en la casa de Nelson Mandela. Al encontrarme sentada frente a él, me lancé en picado a una entrevista en toda regla. Podía haber sido enviada a la calle donde se agolpaban mis colegas del New York Times, El País o Le Monde, al ser presentada como la periodista española de Diario 16. Pero Nelson Mandela se limitó a sonreír y a contestar con bonhomía y sin tapujos a cada una de las preguntas.

“El ejercito ocupa mi barrio. En este sentido nada ha cambiado”. “Si los blancos no colaboran, tendremos problemas”, fueron algunas de sus palabras.

En la cárcel he estado aislado durante mas de dos años y estuve más de diez picando piedra en condiciones muy duras”, me dijo. Pero era el primero en desalentar toda revancha. “Los negros terminaremos con el racismo en Sudáfrica”.

Era un hombre que tenía un sueño para su país, un hombre justo, que encarnaba con creces el mito que alrededor de él se había creado. Podía verse en la valentía de sus respuestas, pero sobre todo en su actitud, en su mirada llena de piedad y comprensión. Algo que me impactó especialmente en alguien que había pasado los últimos 27 años en presidio. Nunca me he encontrado con un personaje que pueda hacer una denuncia tan radical de la injusticia sin perder la sonrisa. Una sonrisa que siempre recordaré como una de las más bellas que he visto en mi vida.


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